La Antigua Calzada de Tacuba y la Casa de los Mascarones.

Durante el mes de julio, la Ciudad de México cumple 687 años. Si se compara con la  edad de otras ciudades de Asia o Europa, quizá podría considerarse muy joven. Sin embargo, la ciudad fundada por los aztecas en un islote del lago del Valle de México en 1325, era para la llegada de los españoles en el año de 1519, más grande en extensión y población que la mayoría de las ciudades del mundo en ese entonces, aunque apenas tenía 194 años de edad, es decir ni siquiera dos siglos. Dentro de su abigarrada trama urbana, los muchos millones de habitantes y varios kilómetros cuadrados de extensión, la gran Tenochtitlán presentaba algunas peculiaridades urbanísticas que nos llevan a conocer ahora el porqué de la localización del edificio que hoy nos ocupa y que forma una de las destacadas joyas de esa corona que es hoy el patrimonio histórico edificado de nuestra Universidad: la Casa de los Mascarones.

Tenochtitlán, Tlatelolco y Nonoalco formaban un solo conjunto rodeado de agua que  se unía con la tierra firme que la circundaba a través de las calzadas construídas por los aztecas. Hacia el norte,  estaba la que llegaba hasta el  Tepeyac, hoy la prolongación de la Calle de Argentina; al oriente salía otra que corría del recinto sagrado hasta el embarcadero de Texcoco y que hoy sería la prolongación de la Calle de Guatemala; al poniente existía la que iba a Tlacopan (Tacuba) y al sur la que iba hacia Iztapalapa y  Coyoacán (Avenida Pino Suarez).

Casi todas las calzadas de la época prehispánica que fueron continuadas en su trazo y uso por los conquistadores españoles,  han dejado una huella casi imperceptible o presencia que se materializa en las grandes vías rápidas de nuestra megalópolis desatada. Es el caso de Viaducto Tlalpan que sigue la dirección de la acequia de Iztapalapa-Coyoacán, la Calzada de Guadalupe y los Misterios que tiene la misma dirección de la del Tepeyac, o la México-Tacuba que nos hace evocar la vieja calzada de Tlacopan, famosa por ser el lugar donde se retiró Cortés durante su derrota en la llamada Noche Triste,  y que hoy como hace casi 500 años, sigue uniendo el centro de la Ciudad de México con el antiguo señorío de Tlacopan.

En el siglo XVI, la calzada a Tlacopan había tenido suma importancia desde sus inicios, lo que hizo comprender a los españoles su utilidad estratégica y de comunicación. Era una vía ancha con una acequia paralela, arbolada en ambos lados y por el centro corría el doble conducto que llevaba agua desde Chapultepec hasta Tenochtitlán; este doble caño tenía la función de que mientras se llevaba a cabo la limpieza de una parte la otra continuaba llevando agua a la capital. Por su trascendencia, este camino fue rápidamente tomado en cuenta por los conquistadores de tal manera que en una ordenanza del cabildo municipal la consideraron como: una de las dos calzadas que deben conservarse, que unen a la isla con tierra firme con construcciones españolas hechas a contramuro (1). Es así, que en el año de 1528 se hicieron veinte donaciones a la calzada de Tacuba y treinta y seis en el de 1529. También provocó la progresiva unión de los solares mercedados a los colonos españoles, configurando de este modo la calzada hasta llegar al pueblo de Tacuba. En su recorrido fueron surgiendo pequeños asentamientos que se convirtieron después en barrios: San Cosme, San Antonio de las Huertas, San Sebastián Popotla y así hasta llegar al centro de Tacuba. Durante el siglo XVIII la importancia de la vía hizo que se le uniera al acueducto que traía el agua desde Chapultepec el proveniente de Santa Fe; en esta época la calzada arrancaba desde el Puente de la Mariscala sobre el límite poniente de la traza que constituía la acequia de San Francisco  y en su transcurso se sucedían de trecho en trecho importantes puntos urbanos: el Convento de Santa Isabel (hoy Palacio de Bellas Artes), después pasando la Alameda , se llegada al convento de San Diego, luego seguía, la importante plaza que enfrentaba las fachadas de la Santa Veracruz y San Juan de Dios, el templo de San Hipólito con el famoso hospital para dementes anexo, y por último el Convento de San Fernando.

Como consecuencia de la importancia de estas edificaciones sobre la calzada, la nobleza novohispana comenzó la construcción de casas de campo en la parte frontal de los solares de las huertas. Entre 1766 y 1771 se inició la construcción en un solar con vista al sur, pasando el convento de san Cosme, de la casa de descanso de don José Hurtado de Mendoza, Peredo y Vivero, séptimo conde del Valle de Orizaba y  Vizconde de San Miguel, y que desgraciadamente quedó inconclusa por la muerte del conde en 1771. Sin embargo, sus primeras crujías y la singular fachada, permanecieron inalteradas en su localización original al frente del gran solar de la huerta.

Después de estos primeros años en que se llevo a cabo  la construcción inicial de la Casa de los Mascarones, obras como ésta continuaron realizándose por parte de las familias pudientes, siempre al frente de las huertas y con dirección a Tacuba, como el palacio neoclásico construido por el escultor y arquitecto español Manuel Tolsá para la condesa de Buenavista a principios del siglo XIX.

En el último tercio del siglo XIX la vieja calzada a Tlacopan comenzó a sufrir los zarpazos del “progreso”; el acueducto fue demolido desde la Fuente de la Mariscala hasta el convento de San Fernando. Posteriormente, en el año de 1871, la arquería se arrasó hasta la garita de San Cosme, constituyendo así uno de los más absurdos atentados contra nuestro patrimonio histórico junto con el perpetrado en 1879 cuando fue demolida la Fuente de los Músicos, bello monumento barroco que aún pudimos conocer gracias a algunas litografías. Con el pasar del tiempo, el atentado progresista contra la calzada prosiguió. En los años cincuenta una ampliación arrasó los jardines del lado norte; en las décadas de los sesentas y setentas se recortaron los alineamientos de uno y otro lado para las obras del Metro, salvándose milagrosamente de la destrucción, la Casa de la Condesa de Buenavista, hoy Museo Nacional de San Carlos, y la Casa de los Mascarones.

Sabemos por algunos cronistas que la Casa de los Mascarones permaneció inconclusa y abandonada hasta su venta en pública subasta en el año de 1822. Sus diversos poseedores continuaron su construcción por etapas, hasta que fue concluida por un canónigo de apellido Moreno y Jove. Aunque están registradas varias operaciones de compra venta, la propiedad siempre estuvo dedicada a la enseñanza; según el Maestro de la Maza, en 1850 la ocupó el Colegio San Luis, y en 1871, el Colegio de Guadalupe. Existe una litografía de Decaén de circa 1893, en la que titula la casa como el Liceo Franco Mexicano. Estuvo también en poder de los jesuitas como el Instituto Científico de México, hasta que en 1914 fue expropiada por don Venustiano Carranza y entregada a la Escuela Nacional de Maestras que permaneció en el lugar hasta 1925, año en que en la casona fue instalada la Escuela de Verano de la Universidad. Posteriormente, además de utilizarla como sede de los cursos de verano, se usó la Casa como dependencias universitarias de las facultades de Música y de Filosofía y Letras, hasta esas fechas la situación jurídica de la casa seguía en litigio con los representantes del Instituto Científico,  hasta que fue  expropiada por causa de utilidad pública en el año de 1940 por el presidente de ese entonces, Lázaro Cárdenas. Sin embargo, diez años después, en 1950, el Gobierno Federal hizo entrega oficial a la Universidad del antiguo edificio, declarado monumento histórico en 1959.

Los vestigios que aún quedan y los pocos testimonios gráficos que se conservan, permiten hacer una reconstrucción hipotética del inmueble, aunque es necesario tomar en cuenta que la gran casa de campo del séptimo Conde del Valle de Orizaba nunca fue totalmente terminada y notar también las muchas agresiones que sufrió la casona con el pasar del tiempo. Tomando como base la litografía de Decaén del siglo XIX y la tipología arquitectónica del momento, podemos imaginar la típica casa de campo novohispana. Está trazada simétricamente sobre un eje en donde alrededor de un gran patio ajardinado, se desarrollan en sus cuatro lados, diversos locales. Probablemente al frente, se encontraban los grandes salones  de reunión, y en las crujías posteriores  que bordean y rematan el patio, las antesalas y antecámaras, además de dormitorios, escritorio y biblioteca, el comedor y los comedores de gala con su correspondiente cocina y vajillero.        En el ala adosada en el lado oriente, hacia el jardín acuartelado con la fuente central, existían quizá locales planeados como alojamientos temporales para parientes o visitantes distinguidos, y en las crujías que daban a la huerta, los servicios, baños y letrinas, junto a las habitaciones del servicio doméstico y bodegas segregadas de la colindancia con la huerta. Desde luego, como ya hemos mencionado, esta descripción es sólo una hipótesis y puede tener muchas variantes.

Múltiples intervenciones sobre la casa semiedificada, las drásticas modificaciones de los corredores, la edificación de salones sobre la azotea, el añadido indiscriminado de cuerpos de edificio de varios niveles sobre el traspatio, así como el talado de los árboles del patio, realizadas inicialmente por su primer propietario, luego por los colegios e institutos y finalmente por el gran colegio jesuita, no pudieron tener más resultado que el de borrar la esencia del trazo original de una mansión campirana del siglo XVIII.

Casi como un mágico fenómeno de supervivencia, por su originalidad y belleza, solamente se salvó de la destrucción y el vandalismo la fachada que da a la calle de Rivera de San Cosme. La envolvente de esta fachada es un rectángulo alargado dividido simétricamente a partir del portón de entrada, donde estaría el eje virtual de la composición. Consta de tres balcones a cada uno de sus lados, que destacan en un paramento almohadillado, enmarcados por pilastras con estípites. En la parte inferior del rectángulo corre un zócalo, y en la superior un cornisamento sobre el que se desplanta un pretil interrumpido por resaltos que corresponden al eje de cada pilastra. El marco de la puerta está cerrado con un arco rebajado, con trazo de molduración mixtilínea que intercala curvas que cambian de sentido después de ser interrumpidas por ángulos rectos. Todo ello está enmarcado por una gruesa moldura en bocel, que arranca desde el suelo, al igual que un zoclo de recinto que corre a todo lo largo de la fachada ahora cubierto por el nivel de banqueta.

Los balcones exquisitamente enmarcados, se desplantan de repisas que se triangulan hacia abajo en distintos planos, creando una estilizada guardamalleta. El vano de la ventana está enmarcado en su perímetro por un almohadillado más pequeño y una moldura que lo bordea hasta llegar al dintel del balcón, adornado en su centro por un mascarón fantástico. Las seis pilastras que dividen la fachada tienen un pedestal en forma de prisma ornamentado, sobre el que apoya lo que es el estípite adornado con veneras, roleos  y follaje, sobre el que se desplanta la figura de un atlante que, con ambos brazos y cabeza, sostiene  un capitel corintio de donde emerge el caño de una gárgola.

Ya que la riqueza ornamental de la fachada sur de la Casa de los Mascarones es prácticamente inacabable por su cantidad y calidad, hacer una descripción minuciosa de toda ella sería demasiado para un texto corto, sin embargo, una descripción general y a grandes rasgos de su riqueza y características, ayudará a entenderla aunque sea superficialmente.  De todos modos, recomendamos el interesante ejercicio de observarla detenidamente durante un tiempo considerable.

Por desgracia, no sabemos a ciencia cierta quién fue el arquitecto que diseñó y construyó esta maravilla; no podemos poner en tela de juicio que fue todo un maestro del estilo en su época. Por la similitud con algunas otras obras, varios de los grandes historiadores del arte mexicano la atribuyen a Ildefonso de Iniesta Bejarano, Alarife Mayor de la Ciudad de México.

En la actualidad, la antigua Casa de los Mascarones alberga dependencias de enseñanza de la UNAM, como el CELE Mascarones. El Centro ha ampliado sus servicios a la comunidad universitaria, y también al público en general, en la zona centro-norte de la ciudad. Imparte cursos de lenguas extranjeras a empresas e instituciones públicas y privadas, y proporciona también servicios de interpretación y traducción; inició actividades en el mes de febrero de 1995 con el idioma  inglés y actualmente imparte inglés, francés y alemán a cerca de 1500 alumnos. Cuenta, además, con una biblioteca, seis aulas y una sala audiovisual.

En este inmueble, acervo histórico construido de la UNAM, se encuentra también el Centro Mascarones donde se imparten cursos de actualización en cómputo que ofrece la Dirección General de Cómputo y de Tecnologías de Información y Comunicación, en sus diferentes modalidades y plataformas.

La hermosa fachada de la antigua Casa de Mascarones se ha defendido desde hace más de doscientos años, gracias a su originalidad y belleza, y ha sobrevivido a la acción del ser humano y el ataque de los elementos atmosféricos. Desgraciadamente, hoy en día presenta ya un grado peligroso de deterioro en los materiales pétreos, daños causados principalmente por el ataque de la contaminación y muy activamente por la lluvia ácida.

Para seguir siendo admiración de propios y extraños, como muchos de los edificios históricos de la UNAM debe ser pronto el motivo de un serio estudio  de preservación y restauración, y recibir el apoyo de la moderna tecnología de conservación  del patrimonio histórico.

1-Mier y Terán R. Lucia. La primera traza de la ciudad de México 1524-1535.Edit U.A.M. y  F.C.E. México 2005 Pág. 231.

GLOSARIO:

Estípite. Pilastra en forma de pirámide truncada invertida. Muy frecuente en el arte barroco.

Mixtilínea. Moldura formada por líneas rectas y curvas a veces interrumpida por ángulos.

Bocel. Moldura convexa semicircular.

Guardamalleta. Figura tallada en piedra u otro material que semeja un adorno de madera o tela que pende de un tejado o alero.

Venera. Elemento ornamental que semeja una concha.

Atlante. Figura escultórica de cuerpo entero o medio cuerpo que se utiliza como columna  o soporte.

Gárgola. Desagüe, por lo general ornamentado, que sale de la línea del muro para desalojar el agua pluvial.

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El convento y templo de san Agustín, después Biblioteca Nacional.

 

Durante la obra de evangelización de la Nueva España que llevaron a cabo tres órdenes principales, los franciscanos, los dominicos y los agustinos, y que iniciaron su trabajo después de consumada la conquista, fueron éstos últimos los que más se distinguieron por la majestuosidad y el lujo de sus construcciones. Los primeros 7 agustinos que llegaron, arribaron a las playas veracruzanas en mayo del año 1533 y con toda pobreza y humildad hicieron a pie el trayecto hasta la capital del virreinato para llegar en junio del mismo año. En un principio se establecieron en el convento de Santo Domingo y posteriormente en una casa que les fue prestada en la calle de Tacuba. Ante sus rogativas de que les fuera proporcionado un solar donde edificar su vivienda, la Real Audiencia les concedió un lugar llamado Zoquipan, cuyo significado era “lugar en el lodo”, ya que en ese lugar brotaba un manantial. A pesar de lo cenagoso del terreno y a todas luces impropio para edificar, los agustinos empezaron su convento poniendo la primera piedra el mismo Virrey don Antonio de Mendoza. Posteriormente, gracias a la presión en España de algunos agustinos importantes en la corte de Carlos V, éste les concedió las rentas de un pueblo, siendo señalado por el virrey para estos fines, Texcoco. Otro factor que demuestra el mucho peso que tenían los agustinos en la corte, es que el rey les regaló ciento sesenta y dos mil doscientos pesos, suma considerable para aquellas épocas. La suerte de los frailes recién llegados no se detuvo en ese punto, pues la princesa Isabel de Moctezuma, hija del emperador, tomó la iglesia bajo su patrocinio y la dotó con largueza. Así, la obra del convento continuó en medio de grandes dificultades, ya que a pesar de que se tabla estacó el terreno y se bombeó el agua para desecarlo, las grandes piedras de la cimentación continuaron hundiéndose hasta que se consolidó el terreno y se colocaron grandes bloques asentados con mezcla, lo cual permitió continuar el desplante de los muros y de ese modo terminar la estructura. Para el año de 1587 se concluyó una lujosísima iglesia cubierta con un alfarje de madera encasetonado que se desplantaba sobre arcos torales de piedra. Esta iglesia puede apreciarse con una torre de dos cuerpos rematada con un chapitel dorado; quien quiera corroborar esta imagen puede verla en el plano en perspectiva que hizo el maestro mayor de arquitectura Juan Gómez de Trasmonte en 1628. Una reproducción de este plano puede apreciarse en los muros del patio del museo de la ciudad de México. La iglesia tuvo ricas capillas laterales por ambos lados y fue el lugar escogido para enterrar a los difuntos de muchas familias nobles de importancia política o religiosa, familias que pagaban cuantiosas sumas por este derecho. Ahí fueron sepultadas personalidades como conquistadores, personajes legendarios como los hermanos Ávila (ajusticiados por participar en la conjura de Martín Cortés), artistas famosos como Luis Juárez, varios obispos y virreyes. Más tarde, durante el siglo XVII también fueron sepultadas en ese sitio celebridades  del arte  como Cristóbal de Villapando, Miguel de Herrera, y Nicolás Rodríguez Juárez.

Sin embargo, quiso la fortuna que esta majestuosa iglesia tuviera un trágico destino: el 16 de diciembre de 1676 un voraz incendio  destruyó la iglesia y sus capillas, lográndose salvar el resto del convento mientras el incendio, que duró tres días y tres noches, consumía totalmente la iglesia. Los agustinos pronto se sobrepusieron a la adversidad e iniciaron la reconstrucción de su templo el día 22 de mayo del año siguiente. Se trabajó con tal eficacia e intensidad que quince años después, el 18 de agosto de 1691 se cerró el cimborrio que servía de base a la cúpula y el templo se  estrenó con gran pompa el 14 de diciembre de 1692, exactamente dieciséis años después del incendio.

Después de haber visto consumir por las llamas el maravilloso templo, los arquitectos de la orden prescindieron del alfarje de madera y la iglesia fue techada con bóveda  pétrea  y muros de mampostería de cal y canto. De planta de cruz latina, el espacio interior de la iglesia era majestuoso. De bóveda de medio cañón con lunetos, se desplanta sobre un entablamento clásico sostenido por altas pilastras  entre las que se encuentran las capillas; tiene naves laterales con seis capillas por lado, el frente da hacia el norte y la portada principal constituyó uno de los más ricos ejemplos del barroco mexicano. En ella aparecen ya las columnas salomónicas y el relieve con la figura de San Agustín  que adorna la fachada, es uno de los mejores del arte mexicano. Afortunadamente se conserva hasta nuestros días.

Aunque originalmente se habían proyectado dos torres, solamente se concluyó la del poniente y  la base de la del oriente; en la actualidad, de estas torres no queda ningún vestigio. Al poniente del crucero se encontraba la capilla de la Tercera Orden que fue dedicada en 1714, con cúpula octagonal rematada con una linternilla.

El ornato del interior de la iglesia, del que no quedan ya más que las descripciones de los cronistas, era en verdad espléndido. El retablo mayor era de madera dorada y estofada y lo realizó el  maestro escultor y ensamblador Tomas Juárez en la carpintería de lo blanco y dorado, y lo pintaron los maestros Simón y Nicolás Espinosa. De las pinturas que lucían los muros, afortunadamente se han salvado la mayoría, joyas de lo mejor del arte universal como las de Sebastián de Arteaga, Zurbarán, Simón Peyrens, Villalpando y Cabrera. Auténticas maravillas como el trono de plata maciza, o la túnica de Nuestra Señora de la Paz bordada con más de sesenta mil perlas de diversos tamaños. Salvo las pinturas, de lo demás solo queda el recuerdo. Como mudo testigo de esa grandeza, lo único que queda es un prodigio del arte virreinal mexicano que aún podemos admirar  gracias a la intervención del entonces director de la preparatoria don Vidal de Castañeda y Nájera que logró rescatar del abandono la sillería del coro, portento de ebanistería en madera de nogal terminada en el año de 1702. Fue colocada nuevamente entre 1890 y 1894 y  aunque no esté completa del todo, hoy podemos admirarla en el salón conocido como El Generalito en el actual Museo de San Ildefonso.

Según los relatos de algunos cronistas como Cervantes de Salazar, desde el siglo XVI el convento era enorme y sus naves espaciosas con los pisos bajos abovedados. Como era usual en este tipo de edificaciones, contaba con un claustro con celdas dormitorio, sala de profundis, refectorio  y una de las bibliotecas más grandes  del virreinato: tan sólo de ella cuando la incautación de los bienes del clero durante el siglo XIX, se sacaron  seis mil setecientos cuarenta y cuatro volúmenes que fueron a integrar el acervo de la Biblioteca Nacional. Ocupando entera una enorme manzana, el antiguo convento de San Agustín fue uno de los más grandes de la capital del virreinato. Era tanto el poder y la influencia de los agustinos que para comunicarse con el noviciado que estaba en la manzana anexa y de la que lo separaba una calle, tendieron un arco sobre ella. Este arco dio el nombre a esa calle que se conoció como Calle del Arco de san Agustín (hoy calle de República Del Salvador). Como una singularidad urbana, todavía existía a principios del XIX y fue demolido hasta 1828. En la actualidad, del gigantesco y fastuoso convento queda muy poco; tan sólo sobrevive la iglesia que fue convertida en la Biblioteca Nacional.

Durante las sacudidas políticas y sociales que sufrió nuestro país en el siglo XIX al triunfo de la Reforma, dentro de los conventos destruidos y dañados en forma irreversible resultó el de San Agustín. La iglesia comenzó a ser arrasada desde 1861 y al decir de los cronistas como Rivera Cambas, los libros y folios de la biblioteca estaban esparcidos por los suelos a merced de quien quisiera llevárselos. Los altares barrocos fueron destruidos y la maravillosa sillería logró salvarse gracias a que por el valor de su madera y el primor de sus tallas fue arrumbada en una bodega.

Después de la caída de Maximiliano se materializó un proyecto  que existía desde años atrás, el de realizar una biblioteca nacional. Con este objeto, se decidió dedicar a este fin la iglesia de san Agustín. Se llevaron a cabo varios proyectos entre los cuales una de sus condicionantes era cambiar al edificio su forma de iglesia; el proyecto aprobado fue el diseño de los arquitectos Vicente Heredia y Eleuterio Méndez, ambos hábiles y afamados profesionistas que lo lograron con maestría por medio de la adición de nuevas fachadas al norte y al poniente y añadiendo junto con éstas elementos clásicos como la escultura de Minerva y las cariátides pareadas que flanquean el óculo octogonal de la portada norte, la cual remata en un frontón curvo que sostiene el pedestal para el astabandera. Se demolió la torre del campanario y se quitaron las linternillas de ambas cúpulas, los pretiles cambiaron su aspecto por medio de pedestales con macetones neoclásicos. La fachada barroca del Tercer Orden con el Cristo entre dos columnas salomónicas todavía se veía en 1904. Después para ser terminada en 1910, fue ocultada sin destruirla totalmente por la neoclásica actual con un balcón entre dos pares de columnas clásicas y un frontón curvo, obra del ingeniero  Alberto Robles Gil.

El muro de piedra que formado por arcos invertidos, circundaba el atrio, fue substituido por  un enrejado soportado de trecho en trecho por pilares de cantera, rematados con los bustos de veinte mexicanos ilustres. En los interiores colocaron una galería de columnas  jónicas a cada lado del vestíbulo, y en los arcos de las capillas se pusieron magníficos libreros de cedro. Correspondiendo a cada pilastra que divide el salón por ambos lados, se colocaron dieciséis figuras de humanistas y filósofos de la antigüedad, estupendas figuras hechas en yeso por los más destacados escultores de la academia como Miguel Noreña , Epitacio Calvo o Gabriel Guerra. Así, la antes maravillosa iglesia barroca y después solemne biblioteca, fue inaugurada el día 2 de abril de 1884 por el entonces Presidente de la República, el General Manuel González. Cuando se puso en servicio, contaba con más de noventa mil volúmenes entre los que se encontraban valiosos incunables provenientes de la Real y Pontificia Universidad y de varios conventos incautados. En el año de 1929 cuando la UNAM obtuvo su autonomía, la biblioteca formó parte de ella. Cuando en 1967 se creó el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, cuyo fin es la administración de la Biblioteca y la Hemeroteca Nacional, éstas fueron trasladadas en 1979 al edificio ubicado en el Centro Cultural Universitario que alberga el fondo monumental. Hoy en día la Biblioteca Nacional cuenta con más de doscientos cincuenta mil volúmenes.

El antiguo edificio de la Biblioteca Nacional ubicado en la calle de Isabel La Católica y República de Uruguay, desde que dejó de ser biblioteca ha sufrido los embates del tiempo. El edificio ha sufrido hundimientos diferenciales hacia el sur poniente, se han presentado múltiples grietas en las bóvedas, fachadas y elementos ornamentales, y los sismos han destruido parte de sus pretiles y jarrones. El agua  de lluvia y la del subsuelo ha penetrado al interior provocando daños como caída y pérdida de aplanados. También, en diversas partes de muros y azoteas ha proliferado todo tipo de vegetación parásita.

Aunque tiene gran importancia, a pesar de que se han ejecutado continuamente obras de mantenimiento mayor desde 1953, debido al tamaño del edificio y por el alto costo que esta intervención tendría, aún no se ha llevado a cabo una obra de rescate definitiva. En la actualidad se trabaja en trabajos de sondeos  y mediciones de geotecnia y obras de consolidación para retardar el hundimiento. Se estudian también, varias alternativas para llevar a cabo una intervención definitiva para el rescate del Ex convento de san Agustín, posteriormente Biblioteca Nacional, uno de los más importantes inmuebles que constituyen el acervo de edificios históricos de la UNAM. Ojalá que pronto las condiciones  y la situación económica en general, permitan el rescate de este estupendo edificio universitario patrimonio artístico de todos los mexicanos.

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Un recorrido histórico por la Antigua Plaza de Santo Domingo y el Palacio de la Inquisición

En la actualidad, uno de los museos más interesantes con que cuenta la UNAM es el de Medicina. Inaugurado en el año de 1980, este museo cuenta con 24 salas que tratan desde la época prehispánica  hasta la actualidad y abarcan temas tan interesantes como la medicina indígena,  la herbolaria, la época virreinal y el México Independiente hasta nuestros días, así como espacios para actividades diversas y exposiciones temporales.

Este museo de gran tradición está ubicado en la calle de República de Brasil número 33 esquina con República de Venezuela en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Es uno de los edificios más significativos que integran el entorno actual de la plaza de Santo Domingo, lugar que mucho ha ido cambiando urbanamente en su desarrollo histórico, teniendo sin embargo, la magia de conservar aún su perfil  urbano y sabor del México Virreinal.

Por ello, en esta ocasión hacemos una descripción imaginaria  de lo que fue esta plaza y el antiguo Palacio de la Inquisición, aún cuando este temible tribunal ya había desaparecido allá a mediados del siglo XIX.

Si en un hipotético recorrido camináramos hacia el norte, por la acera poniente que bordea la Catedral por la Plaza del Empedradillo, cruzaríamos con la actual calle de las Escalerillas (hoy República de Guatemala). Continuaríamos nuestro camino por la antigua calle de Santo Domingo (hoy República de Brasil) y caminando siempre por nuestra derecha, cruzaríamos la antigua calle de Cordobanes (hoy Justo Sierra). Después llegaríamos a la Encarnación hoy Luis González Obregón) desembocando en la  Plaza de Santo Domingo, plaza que tiene una forma rectangular alargada, y donde aproximadamente en su centro, desemboca por el lado oriente la calle de La Perpetua (hoy República de Venezuela), calle que del otro lado de la plaza se convertía en la cerca de Santo Domingo (hoy Belisario Domínguez).

En esta plaza, una de las más importantes de la capital de la Nueva España, se desplantaban importantes edificaciones: al oriente se encontraba La Aduana, hermoso y macizo edificio de basamento y dos niveles terminado el  9 de diciembre de 1730, que luce ventanas con marcos de cantera en su basamento recubierto de recinto, grandes ventanas enrejadas con balcones de hierro en el  primer nivel, y en el segundo puertas ventanas con marcos en forma de H y enrejados de fierro forjado que se desplantan sobre una cornisa que corre a todo lo largo del edificio. Éste cuenta con dos portones enmarcados por fuertes pilastras en los dos primeros niveles que rematan en un cornisamento volado que jerarquiza un balcón al que siguen enmarcando las pilastras y terminan en frontones  abiertos, de donde emergen dos nichos que hacen juego con uno central. Estos espléndidos portones franquean la entrada a amplios patios con generosos corredores; todo el pretil del edificio está adornado con almenas de remates piramidales y en las cabeceras norte y sur de la fachada, en el segundo y tercer nivel lucen dos medallones que enmarcan sendos escudos en relieve.

El remate visual en el norte de la plaza se cerraba con la fachada de la iglesia de Santo Domingo, cuyo atrio de dos puertas rematadas con bellas portadas de arco de medio punto y  flanqueadas con dos pilastras clásicas terminaban en  frontones curvos abiertos que enmarcaban los escudos de la orden y estaban coronados por cruces. A estas portadas las unía un muro coronado con una albardilla que seguía la línea sinuosa de una especie de arcos invertidos, interrumpidos  por pilastras coronadas con jarrones que se repartían en tres partes entre las dos portadas y hasta la esquina. Este atrio, todavía en esta  época, era tan amplio que en él se celebraron autos de fe como el realizado el 16 de abril del año 1646. A la izquierda podemos ver sobre la silueta del portal dos cúpulas que corresponden a dos capillas, la primera la del Señor de la Inspiración y la siguiente la del Tercer Orden. Al lado poniente de la plaza podíamos ver el famoso Portal de los Evangelistas cuyo primer nivel consistía en una arquería con columnas toscanas y arcos rebajados, en el segundo nivel se podían apreciar puertas ventana con sus clásicos marcos de cantera en forma de H. Todo el edificio era recorrido por una cornisa  sobre la que se plantaba un pretil luciendo, como detalle en la esquina, un nicho en que el tiempo ha perdido al santo que lo ocupaba. Frente al portal había un monumento que consistía en una fuente de brocal circular, en cuyo centro se desplantaba una columna rematada por la figura de un águila. Las fachadas de edificios de fuertes portones y aceradas rejas cerraban por el sur el contorno de la plaza.

Bello es el espacio de esta plaza con remates visuales de nobles edificios rematando los cuatro puntos cardinales. Hermoso y señorial es el convento de Santo Domingo, con su larga nave y sus capillas que rematan estupendas cúpulas. Señorial y majestuoso es el edificio de La Aduana y llenos de leyenda son los portales  del lado poniente, donde tantas cartas de amor, odio e intriga escribieran los evangelistas. Sin embargo, quien paseara sobre los adoquines de la plaza no podía menos de observar con una mezcla de respeto y miedo, la esquina ochavada de las calles de Santo Domingo y La Perpetua. Enfrente del edificio de La Aduana, cruzando la calle, estaba la casa de la inquisición o Casa Chata, así llamada por que su esquina se cortaba a 45° viendo al sur poniente. Ahora, aunque ya tenía varios años de haber dejado de existir, estuvo ahí la sede del temible tribunal de La Inquisición, que había sido abolido definitivamente desde el año de 1820. El señorial edificio, a la mitad de la XIX centuria y después de una serie de cambios, había sido adquirido para albergar la Escuela de Medicina. Mucha, muchísima historia y leyendas guarda dentro de sus muros: historias de crueldad infinita, de cientos de noches de angustia, de pintorescos relatos de aparecidos, hechiceros y herejes terribles, pero como en este recorrido nuestro objetivo es la magnificencia arquitectónica de la casa, nos referimos al arte puro que por sí solo se eleva por encima de su trágica historia.

El Palacio de la Inquisición tenía en sí varias funciones. Era tribunal, casa y cárcel y por lo tanto su fachada no tiene el carácter definido de ninguna de las tres. Sin embargo, al decir de don Francisco de la Maza, cuando el grupo de arquitectos designado para examinar el proyecto lo aprobó, consideró que era la primera vez que en la nueva España se construía una portada semejante y la calificaron de “singular y única”. Diseñada bajo los lineamientos del “barroco sobrio” es sin duda una de las obras cimeras de su arquitecto don Pedro de Arrieta, iniciada en el año de 1732 y  terminada en el de 1736.

La fachada inscrita dentro de una proporción rectangular consta de dos cuerpos horizontales coronados por un gran remate. El primer cuerpo tiene en su centro un portón con jambas molduradas con basa y capitel unidas por un arco semioctogonal, el cual constituye en sí uno de los trazos sobresalientes del barroco mexicano. Este portón está flanqueado en ambos lados por dos columnas corintias de excepcional pureza y armonía en sus partes, las cuales están limitadas a su vez por dos pares de pilastras tableradas del mismo orden, que delimitan el final del primer cuerpo del pancoupé. En el primer cuerpo, las columnas pareadas de ambos lados llegan a un entablamento cuya cornisa constituye el piso de un balcón corrido, con un barandal de hierro forjado con balaustres rematados con perillones. En el segundo cuerpo, los ejes de las columnas y las pilastras prolongan su trazo repitiendo el ritmo vertical del primero, delimitando con el par de pilastras centrales cada lado de la puerta ventana del balcón, la que también luce un marco formado por jambas molduradas cerradas por un arco de medio octógono.

Sobre la cornisa del segundo cuerpo se desplanta y corre de extremo a extremo de la portada, un friso a manera de pretil  muy ornamentado en el que se destacan basas que continúan siguiendo el ritmo de las pilastras del segundo cuerpo y que terminan en un pináculo terminado con un perillón. En medio de estas basas, sobre el pretil, hay un tablero decorado con motivos vegetales donde arranca la base de dos volutas abiertas, adornadas con conchas  y roleos donde se posan dos ángeles que  sostienen el escudo de La Inquisición que queda en el centro como punto focal del gran remate barroco, y termina en una moldura que lo enmarca en forma de curva descendente.

Por el lado de la calle de La Perpetua, continúa la fachada que consta de dos cuerpos hasta más o menos  la mitad de la cuadra. Este muro está coronado por un pretil ornamentado con una especie de ajaraca de argamasa y rematado por almenas. El paramento presenta diez ventanas enrejadas correspondiéndose entre una y otra en el segundo nivel con ventanas más pequeñas con sus respectivos balcones y enmarcadas todas con las características jambas y dinteles de cantera resaltadas en forma de H. Por el lado de Santo Domingo, este muro a su vez presenta solamente cuatro ventanas enrejadas con sus respectivos balcones y otras tantas en el segundo nivel enmarcadas también con las características jambas y dinteles tan característicos del siglo XVIII.

Penetrando a la casa por el portón principal, después del espacio que podemos considerar como “zaguán”, nos encontraremos con lo que constituye uno de los espacios más impresionantes de la casa: el patio principal que consta de arquerías con arcos de medio punto que se desplantan sobre columnas dóricas, estando los arcos delicadamente moldurados y con una clave realzada que se acusa como una ménsula. En las esquinas podemos admirar los famosos arcos que parecen flotar en el aire,  pues donde se cruzan, sus claves parecen colgar como algo decorativo sin que nada lo sostenga. Es por ello que muchos historiadores del arte han empleado para definirlos el término francés de arcos en pendentif. Remata esta arquería una cornisa corrida destacándose como apoyos de ella, modillones tallados que  marcan el ritmo de los intercolumnios. En el segundo nivel  se repiten los arcos de medio punto que se desplantan sobre columnas dóricas estando, también  éstos, moldurados y con una clave realzada más pequeña que se acusa como una ménsula. Una cornisa corrida limita como línea horizontal el término de la arquería,  teniendo aquí modillones con gárgolas que quedan también sobre el eje de las columnas. Este magnífico patio, como bien dice don Francisco de la Maza, tiene una influencia innegable del barroco italiano. Como un punto de atracción visual dentro del mismo patio, tenemos la escalera de un gran señorío que está formada en su rampa principal sobre un arco rebajado sostenido por pilares. Después del descanso, están los otros dos tramos que llegan a la planta alta formados también con arcos similares adornados con tallados de hojas de acanto.

En esta época, en la parte oriente de la planta baja había un pequeño patio al que algunos cronistas llamaron el Patio de los Naranjos. Más allá, podríamos ver también el antiguo patio de la Cárcel de La Perpetua,  con arcos de medio punto y en la planta alta las puertas de lo que se usa como habitaciones y que posiblemente muchos años atrás hayan sido las celdas.

Dejaremos aquí que nuestra imaginación termine su recorrido virtual por la Historia, y esperamos que esta breve descripción sirva al lector cuando transite por la actual plaza de Santo Domingo o visite el antiguo Palacio de la Inquisición, hoy Museo de Medicina. Créanme, es una visita que vale la pena.

Para terminar con una cita romántica sobre el tema, un verso del gran poeta mexicano Juan de Dios Peza (1852-1910):

La calle está abandonada;

Quien por ella cruza, reza,

Y por triste y por odiada

Es por el pueblo llamada

De la perpetua tristeza.

Hasta nuestra alegre edad

Como triste le da fama

Su constante soledad,

Y el pueblo en nuestra ciudad,

De la Perpetua le llama.

En ella surge y domina

La inolvidable mansión

Que hoy el saber ilumina…

¡Se tornó la Inquisición

Escuela de Medicina!

 

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El Edificio del Real Tribunal de Minería o Palacio de Minería.

Dentro del variado conjunto de edificios que posee la UNAM en el Centro Histórico de la Ciudad de México, podemos considerar como uno de sus más bellos ejemplos el antiguo Palacio del Real Tribunal de Minería. Sede por excelencia de las actividades culturales de la Universidad, esta obra maestra de la arquitectura neoclásica virreinal es uno de los más preclaros orgullos universitarios.

Considerado la obra cumbre de Manuel Tolsá, el Palacio de Minería fue en su tiempo el centro de enseñanza técnica de la rama industrial más importante del país: la minería. En el siglo XVIII la Nueva España tenía el primer lugar como productor de plata en el mundo y por lo tanto la función de la mineralogía y la metalúrgica era definitivamente prioritaria. El Real Seminario de Minas funcionaba desde 1777 en la casa No. 19 de la calle del Hospicio de San Nicolás (hoy calle de Guatemala), pero en vista del incremento de las actividades productivas en el aspecto de la minería y metalurgia, ramas en las que la Nueva España había destacado desde muchos años atrás, las autoridades virreinales reconocieron la necesidad imperiosa de contar con un centro donde se impartiera la enseñanza de estas ciencias, que sirviera no sólo en la Nueva España sino también para Filipinas, y también como organismo consultor y normativo de otros virreinatos. Es así que en el año de 1783 se decide erigir un edificio para uso exclusivo del seminario, un inmueble concebido ya dentro de las tendencias neoclásicas y regido en su concepción por las nuevas ideas de la ilustración.

A finales del siglo XVIII la Nueva España vivió un período importante de opulencia. Se tiene registro de que en el período comprendido entre los años de 1784 a 1789 se tenían veinte millones de pesos oro como ingreso bruto del virreinato, provenientes en su mayor parte de la actividad minera. Los descubrimientos como el de Bartolomé de Medina que implementó en Pachuca el beneficio de la plata por medio del procedimiento de la amalgamación desde el siglo XVI, o la posterior contribución en el año de 1728 de métodos basados en la física como el de Juan Antonio de Mendoza y González para desaguar minas, y la  última innovación de amalgamación por medio de la máquina de barril, que ya se ensayaba incipientemente en las minas de Real del Monte, habían incrementado en forma espectacular la producción minera del virreinato.

Así, reconociendo la gran importancia de esta industria, la Corona decidió no escatimar en gastos para la construcción del nuevo edificio que albergaría la sede de esta rama productiva de la economía. Para ello, adquirió de la Real Academia de San Carlos un solar llamado Nipaltongo, terreno que tenía una superficie de 9,380 varas cuadradas,( 1 ) Su fachada principal al norte medía 89.66 metros por Tacuba, 91.01 metros por Filomeno Mata al oriente, y en el callejón de la Condesa 64.11 metros. Es ahí donde habría de construirse la sede del Colegio de Minería, como promoción del real Tribunal del mismo nombre.

Los antecedentes como institución del Colegio se remontan a 1790 con el plan que presentó el célebre metalurgista Fausto de Elhuyar, este plan contemplaba un minucioso reglamento y estipulaba que en el colegio habría veinticinco pensionados, de los cuales seis serían filipinos, ya que independientemente de los internos, podría haber alumnos externos que pagarían su pensión. Para el inicio de las labores docentes se alquiló una casa ubicada en el número 19 de la calle Hospicio de San Nicolás, donde una vez instalados comenzaron las clases el 1 de enero de 1792. Mientras tanto se tomaron las providencias necesarias para la construcción del nuevo colegio y bajo la orientación de Elhuyar, en 1792 se llevaron a cabo los primeros proyectos y presupuestos que realiza el Ingeniero Don Miguel Constansó, Teniente Coronel del Cuerpo de Ingenieros.

Por causas desconocidas, estos trabajos no siguieron adelante y en 1797 se encargaron nuevos proyectos para el edificio. Uno de ellos presentado por Don Esteban González, maestro de dibujo de la Real Academia de San Carlos, otro lo presentó Don Manuel Tolsá, maestro de Catedral y director de escultura del mismo plantel, aprobándose en junio de ese mismo año y estipulando que la administración de la obra estaría a cargo de  Don Esteban González. A pesar de que la obra ya había comenzado, se modificó el proyecto incrementando el presupuesto original de 216,617 pesos 3 reales.

 

Descripción Arquitectónica.

El partido del edificio tiene ya en su planta fuertes influencias italianas y francesas, todo gravita alrededor del patio principal y los dos posteriores; es este patio el elemento regente del proyecto con una secuencia de pórtico, patio, escalera. La composición se desarrolla a ambos lados de un eje de simetría: del lado izquierdo estaba la casa del Apoderado de los Mineros y del lado derecho, la del Contador; en las crujías que dan a las actuales calles de Condesa y Filomeno Mata, existían accesorias para renta.

Un largo pasillo divide la planta baja en dos, pues la parte de atrás estaba dedicada a los laboratorios, que se encontraban alrededor del patio izquierdo, mientras que en el derecho estaban la despensa, el refectorio y la cocina.

En la planta del entresuelo se conservan las plantas altas de las habitaciones del Apoderado y del Contador, ya que las dobles alturas de las accesorias permitían alojar un tapanco y los dormitorios. En el lado derecho y al frente, la planta del primer piso tiene aulas y dormitorios, la Casa del Rector, y la sala de estudio a la izquierda. Por su parte, la Casa del Vicerector y del Director al frente, aparecen como el elemento que rige la composición, que sigue la secuencia vestíbulo, patio, escalera. Un elemento primordial que en este punto toma especial connotación, es la capilla, pues contraviniendo la costumbre arquitectónica de las construcciones coloniales, no tiene un lugar preponderante, como por ejemplo en el Colegio de las Vizcainas construido pocos años antes; en Minería aunque la capilla está sobre el eje, no es el punto central de la composición sino un servicio más. Esto hace ver este Palacio como uno de los primeros grandes edificios que se construyeron en México dentro de la tendencia cultural racionalista del neoclásico, donde al servicio religioso se le da un lugar como puede tener el salón de actos que da hacia el lado oriente.

La composición espacial en el Palacio de Minería es muy interesante. Dentro del inmueble la escala cambia constantemente y presenta sugestivas variantes de niveles y direcciones. El vestíbulo del centro (de grandes dimensiones) es una adecuada antesala del patio central de tamaño fuera de lo común, pues tiene 650 m2 de superficie y su tamaño de planta guarda una perfecta proporción con sus alzados. Podemos ver una arquería de columnas dóricas con arcos de medio punto cuyo entablamento recibe la arcada del segundo nivel; está construida por arcos rebajados que se sustentan sobre columnas pareadas de orden jónico unidas por balaustradas, mismas que se repiten encima de la cornisa superior. La gran escalera monumental, de soberbias proporciones y situada frente a la entrada, acentúa los volúmenes interiores de toda la composición.

La fachada principal domina en horizontalidad y está balanceada en el centro con un pórtico triple de columnas dóricas pareadas en los extremos y simples al centro. Este pórtico se liga en lo vertical con el primer nivel, comiéndose el entrepiso por medio de una balaustrada muy a lo Tolsá. En lo alto, remata con un frontón triangular, sobre el que tenemos un ático.

El basamento se acusa en forma muy italiana por medio de entrecalles horizontales. En él podemos apreciar los vanos en relación con los macizos que sugieren un ritmo de 1-2-1, que cambia en el entresuelo, pues las ventanas llevan una secuencia rítmica de 2-2-2 en relación con los macizos. Los pórticos laterales rematan con elegantes frontones curvos abiertos, y el pórtico liga en lo vertical el basamento con el primer nivel. Para jerarquizar este último, las ventanas, que siguen el mismo ritmo del entresuelo, están coronadas con frontones curvos y enmarcadas con pilastras jónicas pareadas; es con éstas que demuestra Tolsá su infinidad de recursos de gran arquitecto, pues al abrir su separación en las esquinas del edificio, marca así el final de la fachada.

Todo el gran cuerpo horizontal del Palacio, está rematado con una balaustrada muy renacentista, interrumpida rítmicamente por pilastras cuadradas y vasos clásicos.

Las fachadas laterales oriente y poniente, por el lado del callejón de la Condesa y la calle de Filomeno Mata, siguen el mismo concepto y en ellas se repite el ritmo de la principal. Tenemos en ellas la introducción de un nuevo elemento, que es la ventana elíptica que aparece en el volumen central por el lado oriente y se repite por el poniente en el basamento, sólo que aquí el eje de la elipse es vertical, detalle magistral de Tolsá, ya que en éste remata el pasillo que divide en dos la planta, y al que quitó profundidad terminándolo con una entrada de luz.

Como conclusión, aunque la arquitectura neoclásica en general ha sido considerada, con razón o sin ella, como rígida y fría, estas apreciaciones difícilmente podrían encajar dentro de nuestro Palacio de Minería. Este edificio muestra formas elegantes y de muy justas proporciones, en su escala monumental se ajusta a todas y cada una de sus expresiones formales, y que es un edificio que, aunque neoclásico por época y características, tiene en su esencia mucho del espíritu del barroco mexicano y su purismo. Lejos de ser frío se niega a perder su calidez, lo que lo hace ser un ejemplo singular dentro de la arquitectura mexicana.

Sin embargo, desde recién terminado, por desgracia el edificio tuvo un mal comportamiento estructural; el 30 de septiembre de 1814 comenzó un hundimiento y también aparecieron fisuras en los muros. Más tarde, en el año de 1824, Joaquín Heredia y Agustín Paz reportaron fuertes daños y presentaron un presupuesto para su reparación, por la cantidad de 400,000 pesos. En 1830 comenzaron las reparaciones que salvaron por primera vez el edificio que estaba ya en peligro de colapso. Continuaron las obras entre los años de 1836 y 1837 y posteriormente en 1854 se cambiaron los barandales de madera por otros de hierro. Luego en 1877, se procedió a substituir la bóveda de la escalera principal por una de acero proyectada por los arquitectos Don Eleuterio Méndez y Emilio Donde.

Pero, ¿Cuáles fueron las causas que tuvieron en jaque estructuralmente este magnífico monumento, y que lo hicieron cuartearse desde la fecha en que fue inaugurado? Mucho se ha hablado de Tolsá en este sentido, llegándolo a calificar como pésimo constructor, cuando en realidad, visto a la luz de la técnica moderna la explicación es muy simple si tomamos en cuenta la naturaleza del subsuelo en esa parte de la ciudad.

El ingeniero Don Manuel F. Álvarez estudioso de nuestra arquitectura y notable profesional de finales del siglo pasado y principios de éste, realizó un estudio acerca de esta cimentación en donde calculó que dado el espesor de los muros (0.90 metros) y su altura (18.00 metros) esto arrojaría un peso excesivo para el pésimo subsuelo de esa zona. Así, todas estas causas en conjunto fueron la resultante del hundimiento.

Si consideramos que a finales del siglo XVIII y principios del XIX aún no se aplicaban las modernas técnicas de mecánica de suelos, es explicable que al levantar un edificio del peso del Palacio de Minería sobre un terreno de alta compresibilidad como el de Nipaltongo, su resultado obligatorio sea el hundimiento del inmueble. Esto sólo pudo remediarse efectivamente por medio de las obras de recimentación que se hicieron posteriormente en los años setenta.

 

 

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